Durante más de treinta años, la pizzería Vesuvio ocupó un local imponente en los Jardines de la Reina, con una gran cristalera desde la que se veía todo el Muelle de Gijón. A pocos metros se encuentra el palacio de Revillagigedo, que perteneció a mi familia hasta que mi abuelo lo tuvo que vender a principios de los ochenta. Pero esa es otra historia…
El Vesuvio, como el Revillagigedo, formó parte del paisaje emocional de Gijón para toda una generación. El responsable de ello fue un napolitano “grandón”, Giuseppe Maddaloni, que, según contó él mismo a la prensa local hace algunos años, llegó a la ciudad a finales de los setenta, casado con una gijonesa que había conocido en Bélgica. Tras una primera pizzería en la calle Ezcurdia, en 1987 dio el salto al Muelle. Empezó con siete empleados y un local; acabó con diecisiete personas y cuatro locales unidos, 400 metros cuadrados frente al puerto. Puso el horno de leña a la vista de los clientes cuando nadie lo había hecho todavía, producía su propia mozzarella de búfala, y los fines de semana había cola en la calle (nunca aceptó reservas).
En 2022, con setenta años, Giuseppe bajó la persiana del Vesuvio por última vez. Contó entonces en una entrevista que se jubilaba, que estaba deseando viajar y “gastar algo de la herencia de mis hijos”.
Traspasó el negocio al Grupo Gavia, que le alquiló los locales por quince años y se comprometió a conservar los puestos de trabajo. El restaurante sigue existiendo hoy bajo el nombre de Carbone di Vesuvio. Parecería, desde fuera, un cierre muy ordenado con el que Giuseppe ponía el broche final a una bonita historia.
Emanuele Maddaloni, hijo de Giuseppe, había trabajado más de treinta y cinco años junto a su padre en el Vesuvio. Sorprendió, por tanto, que no siguiera al frente del negocio, especialmente cuando, tres meses después del cierre, Emanuele abrió en Cimadevilla, en la calle de las Cruces, un local pequeño con horno a la vista y sin reservas.
Por algún motivo que solo él conoce, lo llamó Crettino (“estúpido”). En noviembre de 2024, su Marinara 2.0 se alzó con uno de los premios en el Campeonato de España de Pizza. Hoy, para encontrar sitio para cenar un sábado, hay que ir pronto.
No sé qué pasó para que no se produjera la sucesión de Emanuele al frente del negocio de su padre. Si estas líneas le llegan algún día a alguno de los dos, me encantaría comentarlo con ellos, quizá compartiendo una de esas premiadas Marinaras.
Una posibilidad es que el Grupo Gavia les hiciese una oferta que no pudieron rechazar. Otra, que el hijo quisiera montar otro tipo de negocio, más pequeño, más personal. Y una tercera, que fuese el padre quien no se imaginase siendo reemplazado al frente del negocio por su hijo.
También puede que crettino fuese simplemente un apodo cariñoso que utilizaba Emanuele para referirse a su padre. O no.
Quizá quedara pendiente alguna conversación incómoda entre Giuseppe y Emanuele que impidiera que padre e hijo pudieran entenderse. De haber tenido esa conversación, la nueva pizzería de Emanuele podía haberse llamado “Ti voglio bene, papà”.
Lo que sí sabemos es que la sucesión no se produjo. Lo demás son conjeturas.
El Vesuvio era la empresa familiar asturiana típica: pequeña, rentable y con una sola persona al mando. Es el perfil dominante en el Informe sobre el gobierno de la empresa familiar en Asturias que acabamos de publicar. Mientras el fundador está, todo funciona. Cuando toca hablar de sucesión, por muchos y variados motivos, son muy pocos los que dan el paso a la siguiente generación.
La pregunta incómoda
¿Saben tus hijos qué piensas hacer con la empresa, y sabes tú qué querrían hacer ellos?
O al revés:
¿Sabe tu padre lo que querrías hacer con la empresa, y sabes tú lo que piensa hacer él?
Si la respuesta a cualquiera de las dos partes es “más o menos”, el Informe sobre el gobierno corporativo de la empresa familiar en Asturias es un buen punto de partida para una conversación al respecto.
Descarga el informe aquí